jueves, noviembre 07, 2013

Cuaderno de Viaje: Salamanca (10, 11 y 12 de octubre de 2013)

Hola a todo el mundo.
Hoy voy a contaros mis aventuras por Salamanca hace algunas semanas, cuando Pedro y yo nos acercamos a ver al colega Daniel, y, personalmente, yo a conocer una ciudad en la que solo había estado de paso.
PREPARATIVOS:
La idea de visitar Salamanca la teníamos desde que este verano Daniel había venido a Gijón a conocer la ciudad, y desde entonces, le debíamos una visita. Así que Pedro y yo empezamos a buscar fechas, y decidimos que íbamos a pasar tres días, de jueves a sábado, que íbamos a ir en autobús, y que nos íbamos a quedar en un hostalillo relativamente céntrico y, sobre todo, muy barato.
Con todo listo, el miércoles día 9 me acosté, con esos nervios que preceden a todos los viajes.

JUEVES DÍA 10:
El despertador sonó demasiado temprano, porque por un motivo que todavía no alcanzo a comprender, Pedro había conseguido convencerme de que lo mejor era irnos en el autobús de las siete de la mañana. A las seis y media, una llamada perdida en el móvil me indicaba que Pedro y su padre me estaban esperando en coche a la puerta de casa, para dirigirnos a la estación de autobuses.
A las siete, nos sentamos y nos dispusimos a encarar unas cinco horas y media de viaje durante las cuales Pedro habló de Mario Conde, yo de Death Metal ruso, y los demás viajeros que estaban a nuestro alrededor nos miraban raro. No sé por qué, la verdad.
A eso de las doce y media, llegamos a Salamanca y Daniel ya nos estaba esperando. Nos acompañó al hostal, dejamos las maletas, y los tres empezamos a callejear por la ciudad, viendo los primeros monumentos (la Catedral y el edificio histórico de la Universidad) y buscando algún sitio donde comer. Nos decidimos por un restaurante que, sinceramente, prometía mucho más de lo que cumplió.
Después de comer algo más de callejeo, hasta que a media tarde, Pedro y yo nos fuimos al hostal para intentar (sin éxito) dormir un rato y ducharnos antes de volver a quedar con Daniel para cenar y conocer la noche salmantina. La ducha fue con agua fría porque la comunidad de vecinos había decidido hacer arreglos en la caldera. Después pudimos hablar por primera vez que otras personas que estaban alojadas en el hostal.
Nos fuimos a cenar y Daniel nos llevó a un restaurante donde tomamos embutidos y vino de la tierra. Todo muy típico. Y luego, a salir de bares con un amigo suyo. Lo que no tengo claro es como se produjo el paso de estar bailando con unas becarias Erasmus a estar cantando en un karaoke. Tengo que investigarlo más.
A eso de las seis, nos acostamos.

VIERNES DÍA 11:
Casi no habíamos dormido cuando nos levantamos y yo decidí buscar un supermercado en el que comprar champú, porque a mí se me había olvidado llevarlo y a Pedro se le estaba terminando, con la intención de ducharme (con agua fría) antes de desayunar. Cuando vuelvo, Pedro me comunica que esta vez la comunidad de vecinos había decidido cortar el agua durante varias horas, lo que suponía que no nos podíamos duchar, y que en el hostal no se podía preparar café. Así que nos fuimos a desayunar a otro hostal del mismo grupo, en el que ya esperaban que nos presentáramos todos los alojados en el nuestro.
Después del desayuno, volvimos a quedar con Daniel para conocer la ciudad. Este día nos tocó conocer el Archivo General de la Guerra Civil (en cuyo edifico además está la Logia Masónica, que se puede visitar), una librería especializada en temas de Historia y Humanidades y de la que me enamoré perdidamente, la Casa Lys, y el verraco que aparece mencionado en el Lazarillo de Tormes. Después, Daniel nos llevó a conocer la biblioteca de la Universidad y buscamos donde comer.
Después de comer, volvimos al hostal, para intentar dormir algo (otra vez, sin éxito), y ducharnos, esta vez ya con agua caliente, y volvimos a salir de noche. Buscamos un sitio en el que cenar mientras veíamos el partido (no recuerdo cuál) de la jornada, y después, salimos. El primer garito estaba decorado como la cubierta de un barco y en él las cervezas estaban a un euro y dos por una. Con razón estaba lleno.
Continuamos recorriendo la noche, con algún que otro altibajo, y llegamos al hostal a las seis y media de la mañana.

SÁBADO DÍA 12:
De nuevo dormimos poco, esta vez porque en la habitación de al lado había una familia cuyos hijos estuvieron llorando, corriendo por el pasillo y haciendo ruido desde las ocho de la mañana. Así que venga, ya que no podemos dormir, vamos a levantarnos, darnos una ducha, y desayunar, que todavía queda mucho que hacer.
Debían de ser las once cuando salimos del hostal (por cierto, qué grande fue cuando las chicas de recepción nos preguntaron si nos había molestado la fiesta que unos que estaban alojados allí habían montado a eso de las cuatro y nosotros les respondimos que, como habíamos llegado a las seis y media, ni nos habíamos enterado; omitimos decir que, si hubieran estado levantados cuando llegamos, es posible que nos hubiéramos unido a la fiesta).
Callejeamos por el casco viejo, y, como todavía faltaba un rato para reunirnos con Daniel, decidimos separarnos para hacer cada uno las compras que considerase. Yo opté por un platito decorativo para mi abuela, una botella de vino de la tierra para mis padres y algunas cosillas más para una persona muy especial. Cuando volví a la Plaza Mayor, ellos ya me estaban esperando, y yo les dije que me iba a acercar al hostal a dejar esas cosas, mientras ellos me esperaban en un café que frecuentaba Gonzalo Torrente Ballester. Cuando volví, ellos estaban sentados en la mesa en la que hay una estatua del escritor (que, por cierto, fue tío de una profesora de Historia Medieval de la Universidad de Oviedo).
El sitio en el que decidimos comer fue Casa Paca, el que, según dicen, es uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Fue la mejor comida del viaje, y, por supuesto, se alargó mucho, desde las dos de la tarde hasta las cinco.
Entonces, a correr al hostal a por los bártulos, a coger un autobús urbano hasta la estación de autobuses y a esperar el que salía a las seis y media para Gijón. Cuando nos subimos, todavía tuvimos una hora, hasta que paramos en Zamora, en la que Pedro y yo tuvimos humor para cambiarnos los reproductores de música y bucear entre los gustos musicales del otro. Pero después de Zamora, eso de dormir seis horas en tres días nos pasó factura, así que Pedro se quedó dormido y yo di varias cabezadas. A eso de las doce llegamos a Gijón y mis padres nos estaban esperando.

CONCLUSIÓN:
Pues eso, que Salamanca es una ciudad preciosa, con mucho que ver y mucho que hacer, tanto de día como de noche. Claro, que eso es lo que hace que dormir sea casi una pérdida de tiempo.
Habrá que volver con más tiempo.

Y ahora, algunas fotos poco típicas hechas con los móviles:
¿A que nadie sabía que en Salamanca hay un monumento al empresario? Pues ahí lo tenéis. Igualito a la peña de la CEOE, ¿verdad?

En una restauración reciente de la Catedral pusieron esa escultura de lo que parece un astronauta. Eso lo ven los del canal de Historia y tienen para una temporada entera de su serie Alienígenas.
Y esta foto no la hice yo, pero ahí estoy con mis compañeros de andanzas.

1 comentario:

Daniel Molina dijo...

Nada, genial. La verdad es que falló un poco la comida, especialmente la del segundo día, pero son cosas que iremos solucionando en visitas posteriores. Quedó por ver algunas cosas: el DA2 (museo de arte contemporáneo), el Centro de artes escénicas, la estación de autobuses y algún garito más de noche. En cualquier caso, que termine la cosa con el himno de la ciudad. http://www.youtube.com/watch?v=j7etlWJAQQA