viernes, julio 15, 2011

El tiempo pasará

Era un placer estar allí sentado. En la costa del norte no son habituales estos días de sol, así que hay que aprovecharlos cuando llegan. Y una forma como otra cualquiera es hacerlo en una bulliciosa terraza mirando al mar en buena compañía.

En la mejor compañía, sin duda. La elegante Susana, la divertida Raquel, la dulce Elena y la guapísima María. Ninguno de ellos cinco tenía menos de setenta años, y se conocían desde hacía ya muchas décadas, desde que las arrugas todavía no mancillaban sus pieles.

¿Por qué estaba Luis, ese jubilado de espíritu joven, con esas cuatro encantadoras mujeres? Porque, aunque cueste creerlo, era el amante de las cuatro. Ellas no lo sabían, por supuesto, porque él, con una caballerosidad que disfrazaba de humildad, había dicho a cada una de ellas que era mejor que no se conocieran sus esporádicas relaciones, para evitar que pudieran ser mal vistas, sobre todo por sus hijos. En realidad, lo había dicho porque sabía que si la noticia trascendía, además de perder, con toda seguridad, sus ocasionales desahogos, ellas se sentirían humilladas al saber que habían compartido al mismo hombre. Además, de que sería devastador para la amistad que unía a esas cuatro mujeres desde hacía tantos lustros.

Y también porque, si bien los maridos de Raquel, Elena y María hacía ya tiempo que no estaban, el de Susana, el amable Antonio, aún seguía vivo y tan enamorado de ella como siempre. Y seguía siendo tan encantador y buen amigo con Luis como había sido siempre. Por eso a veces Luis se sentía culpable y le dejaba ganar cuando jugaban al ajedrez, consciente de que la mejor partida la ganaba él fuera de los tableros. Aparte de todo, aunque los duelos al amanecer eran algo habitual en los libros que había leído de niño, ya no eran algo que se estilase en este decadente siglo XXI, y, de todas maneras, él no sabía utilizar un florete, el uso de la pistola le parecía una ordinariez y pelearse a puñetazos estaba muy bien para trifulcas de bar, pero no para dos caballeros que empezaban a escuchar la cuenta atrás.

¡¡¡Qué calor hacía!!! Malditas normas de urbanidad que le habían inculcado de niño y que le impedían quitarse la americana. Sin saber por qué, recordó a aquel compañero de la fábrica, tanto tiempo atrás fallecido, que le había recomendado hacía tiempo (hacía mucho tiempo) que aprendiera a nadar. Sin saberlo, había sembrado la semilla de una afición que todavía hoy practicaba, cinco mañanas a la semana, y que le mantenía en forma para estar a la altura, a pesar de su edad. Claro que los años pesaban más que pasaban, y a veces no podía aguantar todo el esfuerzo. Pero a ellas no siempre les importaba, porque valoraban más la compañía y la conversación que el sexo. A esas edades, muchas veces preferían que él las abrazara y las escuchara rememorar su juventud. Sin embargo, otras veces tenía que hacer uso de todo lo que había aprendido a lo largo de los años para satisfacerlas, recordando malamente una cita que una vez había pronunciado un viejo amigo suyo, marino de profesión, y que terminaba con un “siempre avante”. Y así seguía, o al menos lo intentaba.

Pero los estragos de la edad que más temía no venían de su cuerpo, si no de su mente. Intentaba mantener su cerebro en forma igual que su cuerpo, pero cierto deterioro es inevitable, y así algunas veces debía morderse la lengua antes de pronunciar un nombre de mujer que no era el que correspondía a la ocasión. Afortunadamente, ellas no se habían dado cuenta nunca. Y si alguna lo había hecho, no había dicho nada.

Las miró una por una mientras reían sin falsedad, porque, a esas edades, ya no es necesario fingir. ¿Las amaba? ¿Amaba o había amado al menos a alguna de ellas? No lo sabía. Les tenía afecto, claro, pero no estaba seguro de que fuera amor. Se divertía con ellas, sí, pero el amor lo había sentido hacía años por otra mujer que ya no le acompañaba.

Se fijó más en sus compañeras de mesa. Seguían siendo hermosas, o todo lo hermosas que les permitía su edad. Pizpiretas, seguían arreglándose mucho. Y ese día las cuatro iban maquilladas. No estaba seguro de cuál era el motivo de que lo hicieran, pero le gustó pensar que quizá se habían maquillado para él.

En un momento dado, desconectó de la conversación de ellas (algo sobre esos nietos maravillosos que les devolvían la sonrisa, o una anécdota de hacía muchos años), y miró a su alrededor. A todos los jóvenes que, en mesas o sentados en el suelo bebían cerveza o, ya que estaban en Asturias, sidra bien (o no tan bien) escanciada. Y entonces, se fijó en la mesa de al lado. Cinco jóvenes, cuatro chicas y un chico, de veintitantos o treinta años, que le hicieron sonreír, pensando que podían haber sido él y sus amigas décadas atrás. Y miró al chico que ocultaba su mirada tras unas gafas de sol, y quiso pensar que, pese a las diferencias evidentes (el chico llevaba unos horribles vaqueros y una zarrapastrosa camiseta), tal vez, sólo tal vez, no eran tan distintos.

Pero eso nunca podría saberlo.

4 comentarios:

ArminTanzaria dijo...

acostumbrado a leer en este blog, es la primera (que espero no la última), que entono un orgulloso "¡chapeau!"

Pablo dijo...

Muchas gracias, "Armin", jejeje.
Un saludo.

Leticia Rey Sante dijo...

Me encanta este relato! Creo que a partir de hoy voy a ser una fiel seguidora del blog ^^

Pablo dijo...

Muchas gracias, Leti.
En este blog todos los nuevos lectores son bien recibidos.
Un beso.